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viernes, 6 de junio de 2014

La taberna

   La taberna, un lugar oscuro y miserable, era atendida por un anciano de joroba y dientes amarillos, cuya fealdad por suerte estaba oculta por la baja calidad de la iluminación. Y no era solamente desagradable por fuera, sino también por dentro. No les hablaba a sus clientes más de lo estrictamente necesario, y se quejaba cuando alguno se ponía a descargarse de sus problemas.

   Sin embargo, tenía un considerable número de clientes frecuentes. Borrachos que no podían evitar sentirse identificado con el tabernero. En la única ventana que había, las cortinas permanecían constantemente cerradas, filtrando la luz del sol.

   Una noche, en la que llovía torrencialmente, un niño apareció inconsciente en la puerta de la taberna. Tenía una cara angelical, incluso con su expresión serena. El tabernero, de mala gana, lo acogió y lo llevó a dormir en el sofá. En vez de irse a su casa, se quedó toda la noche cuidando del pequeño.

   A la mañana siguiente, el niño se despertó. Se levantó, sin decir nada, y se dirigió a abrir las persianas de la ventana.

   Entre tanto, el anciano ya se había despertado. Apartó los ojos, bajando la vista de aquella cegadora luz. Cuando se acostumbró, miró hacia adelante. Pero el niño no estaba.

   Atónito, el tabernero pensó “¿No había sufrido yo un accidente de chico, y despertado en una taberna?”.

   Así, de duro golpe, se le presentó la mayor enseñanza y misión en toda su vida.  

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