La taberna, un lugar oscuro y
miserable, era atendida por un anciano de joroba y dientes amarillos, cuya
fealdad por suerte estaba oculta por la baja calidad de la iluminación. Y no
era solamente desagradable por fuera, sino también por dentro. No les hablaba a
sus clientes más de lo estrictamente necesario, y se quejaba cuando alguno se
ponía a descargarse de sus problemas.
Sin
embargo, tenía un considerable número de clientes frecuentes. Borrachos que no
podían evitar sentirse identificado con el tabernero. En la única ventana que
había, las cortinas permanecían constantemente cerradas, filtrando la luz del
sol.
Una
noche, en la que llovía torrencialmente, un niño apareció inconsciente en la
puerta de la taberna. Tenía una cara angelical, incluso con su expresión
serena. El tabernero, de mala gana, lo acogió y lo llevó a dormir en el sofá. En
vez de irse a su casa, se quedó toda la noche cuidando del pequeño.
A
la mañana siguiente, el niño se despertó. Se levantó, sin decir nada, y se
dirigió a abrir las persianas de la ventana.
Entre
tanto, el anciano ya se había despertado. Apartó los ojos, bajando la vista de
aquella cegadora luz. Cuando se acostumbró, miró hacia adelante. Pero el niño
no estaba.
Atónito,
el tabernero pensó “¿No había sufrido yo un accidente de chico, y despertado en
una taberna?”.
Así,
de duro golpe, se le presentó la mayor enseñanza y misión en toda su vida.
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